La presencia de un afiche con contenido político-ideológico en la cartelera de una escuela secundaria de San Martín de los Andes vuelve a abrir una discusión que muchos prefieren esquivar: ¿Hasta dónde puede llegar la militancia dentro de una institución educativa?

El cartel en cuestión no deja demasiado lugar a interpretaciones. Se presenta con consignas políticas definidas, reivindica una identidad socialista, incorpora expresiones de militancia feminista y vincula a estudiantes secundarios con una organización de claro perfil ideológico. No se trata de un mensaje neutral, informativo o meramente institucional. Se trata de una bajada política expuesta dentro de un establecimiento escolar.

Y ahí aparece la pregunta de fondo: ¿la escuela debe ser un espacio para la formación académica y el desarrollo del pensamiento crítico, o también un ámbito donde se naturalice la difusión de una sola mirada política entre adolescentes?

Nadie discute el valor de la participación juvenil, del debate de ideas ni de la libertad de expresión. Pero una cosa es enseñar a pensar, y otra muy distinta es acostumbrar a los alumnos a convivir con propaganda política dentro de la escuela, como si eso formara parte normal de la vida institucional.

Cuando un colegio permite que su cartelera sea utilizada para exhibir mensajes partidarios o ideológicos, la discusión deja de ser menor. Porque ya no se trata solamente de lo que un grupo quiera expresar, sino del aval implícito que puede dar la institución al habilitar ese espacio dentro de su ámbito educativo.

La pregunta es simple y legítima: ¿se aceptarían también afiches de cualquier otra línea ideológica? ¿O hay expresiones que encuentran puertas abiertas mientras otras serían rápidamente cuestionadas?

El problema no es solamente el contenido del afiche, sino el criterio con el que se decide qué puede mostrarse y qué no dentro de una escuela pública. Si no hay límites claros, el riesgo es que la formación de los estudiantes quede mezclada con prácticas de militancia que nada tienen que ver con la función esencial del sistema educativo.

Por eso, más que una anécdota, este episodio merece una reflexión seria. Las escuelas no deberían ser terreno fértil para el adoctrinamiento, venga del sector que venga. Su misión debería ser formar personas libres, capaces de analizar, debatir y sacar sus propias conclusiones, sin que el peso de una estructura institucional incline la balanza hacia una posición política determinada.

La discusión está planteada. ¿es esto participación estudiantil o es adoctrinamiento?

Maria Ferreyra